Haciendo en Caracas en el Café lo que se hace en París [19 febrero - 28 abril 2006]
LOS DIBUJOS DE PASCUAL NAVARRO
“Hay tres componentes presentes en el artista quien al crear su obra pone en juego muchas cualidades diferentes - afirmaba Rene Huyghe: recurre a su inteligencia, sus conocimientos, sus tradiciones, sentimientos familiares, su manera peculiar de vivir, dependiendo de su temperamento y experiencias pasadas, recurre a su cuerpo y a sus manos, la obra de arte es el resultado de factores que se refuerzan, o se contrarrestan, se equilibran para que surja la obra... esos planos son el mental, el visual y el manual”. En las obras de Pascual Navarro encontramos estos supuestos a flor de piel, su particular espíritu, su especial sensibilidad está presente en todos los testimonios de quienes le conocimos.
Amaba, amó a París, su Caracas de antes y después con sus rincones, pero también y sobre todo por sus habitantes. Fue Navarro un ser sociable, querido, reconocido más por el colectivo que por las élites de turno, hecho este propio del genio, del artista que se vende íntegro, con lo que en verdad es, rebelde, atemporal y donde con ello logra como puede verse esa aura de personajes conocidos aunque no los conocemos, de familiares aunque no son nuestros parientes, particularmente bellas esas sus mujeres con sus atuendos sencillos y sus miradas frontales e intensas.
Afirmaba Baudelaire que “una figura bien dibujada te invade de un placer totalmente extraño al sujeto representado. Voluptuosa o terrible, la figura no debe su encanto sino al arabesco que ella recorta en el espacio”. La línea, el arabesco, es el elemento en los dibujos de Navarro que genera este placer, la forma no nace de un esquema preestablecido sino del cerramiento de la superficie por medio del gesto. A menudo se encuentra en un simple boceto un no se qué capaz de proporcionar un placer más vivo que el dibujo mejor acabado, en Navarro, está presente este aspecto, se observa que la mano del artista cree errar a la aventura sobre el block de apuntes, ella reproduce seres, esquemas culturales interiorizados por el artista.
El lápiz de grafito va, viene, sube, baja, retorna sobre si mismo, salta de una hoja a otra, hay premura en no dejar escapar al sujeto que generó el estudio, se busca fijar no un personaje en concreto sino un sentimiento, una sensación ante un rostro que según el ojo del artista posee algo de especial, diferente en sí mismo y por ello necesario verlo en su tridimensionalidad, más allá de ella misma. Se repite porque falla el material con el que se busca representar, retorna al sujeto o cambia del grafito al pastel porque intuye que no existe el material ideal, el excelente docente presente en Pascual Navarro vislumbró estos criterios y es por ello que hay emoción en su expresión, en su obra y por no dudarlo en su vida toda.
Los dibujos al pastel de Pascual Navarro nos sugieren la posibilidad de una doble lectura: Una lectura cercana, dado lo minúsculo de las hojas del block de dibujo y porque nos permite apreciar lo rudo de la tiza sobre el papel en las obras al pastel, el papel mismo grisáceo o realzado con azules o la línea que hace manchas, trazos autónomos de la mano. Una lectura a distancia, necesaria para que los trazos y manchas se fusionen en el ojo del espectador, las variaciones de densidad y los felices toques de luces y color con que Navarro trabaja que hacen una agradable mezcla óptica. Es entonces cuando el todo se transforma en un aterciopelado continuo de grises y beige.
Es este momento cuando el verdadero disfrute del corazón, el que no se expresa con palabras comienza...