Entre plumillas y acuarelas
[19 de junio - 20 de julio 2008]

El dibujo toma forma sobre el papel. Espacio vacío, donde el blanco es color absoluto, definitivo. Las líneas en negro tejen las tramas de la imagen. Se cortan, se expanden, se multiplican. Se unen o se desprenden en desbocada invasión de líneas.

Sombras intrincadas. Griseados de media luz. Blancos donde estalla la nada. Todo conforma una expresión visual, una imagen surgiendo de la mano, rasgando la textura, con un sonido seco, casi imperceptible.

El ojo se acostumbra al blanco y al negro. No existe otra posibilidad y entre ese debate de absolutos, surgen los matices, contrapesos, y equilibrios. Más líneas, menos líneas, trazos curvos, trazos cortos o largos, sobrepuestos, unos sobre otros, entonces la gama de grises se expande. Pero, no son grises, aparentan, sugieren, insinúan un color inexistente. He allí, la virtud del dibujo, la habilidad de una técnica antigua, el secreto, la magia implícita en el arte del trazo solitario, se debe entender la eterna disputa del blanco y el negro. Diatriba convertida en alianza para ocupar espacios y generar imágenes cognoscibles al entendimiento de unas pupilas atentas, expresiones de una realidad llena de colores, pero transformada por el artista en blanco y negro. Proceso visual extremadamente complicado, donde la capacidad del cerebro, actúa en sentido contrario. El color de la naturaleza, ya no es color, es pura sombra o es pura luz. Y entre la sobra y la luz de desgaja la extensa variedad del claroscuro.

Cuando el dibujo en blanco y negro deja espacios, vericuetos, rincones abiertos, surge la posibilidad del color como elemento invasivo, casi como un extraño visitando los predios de la nada.

El pincel traba una batalla con la pluma de tinta negra. Los colores de la acuarela se van colando bajo las líneas duras, van transparentando una imagen para conformar otra sobre aquella. A veces, es el mismo tema repitiéndose en color; a veces, es el tema parecido confrontándose entre sí, En realidad, es una sucesión de temas iguales pero distintos, donde el ojo pasa del negro o del blanco al rojo, al amarillo, al verde o al azul con la rapidez inigualada de la mente. Al unísono apreciamos la acuarela mezclada con el dibujo, quitándole espacios o agregándole valoraciones imposibles de lograr con la escueta línea.

En esa mezcla provocada, donde cada imagen conserva su autonomía, pero a su vez contribuye a una composición armoniosa con un nuevo mensaje creativo, se produce un trastoque de la realidad, un desplazamiento de la verdad hacia una virtualidad, sólo perceptible por los sentidos. Son momentos, instantes, donde la acuarela con su capacidad de transparencia cumple funciones reflectivas del color, sacando al negro, desplazándolo del contexto. Todo esto conduce a otras experiencias, insospechadas y nuevas, donde el dibujo se complementa con el color, sin ceder su preponderancia, pero enriqueciendo la obra.

Al lado de ese proceso, la acuarela va tomando absoluta libertad, como vía expresiva de vieja data, con historia y memoria, De esta forma, los pinceles cobran vida y el paisaje blanco y negro se transforma en multicolor con un tratamiento complejo más allá de la simple mancha, buscando el detallismo de cortas pinceladas, punto intermedios y sobreposición de oscuros y claros.

Retomamos la acuarela, luego de un largo trecho de experiencias, en la búsqueda permanente de canales expresivos, de estados de sentimiento, sin improvisar, ni el tema, ni la técnica. El dibujo como esencia y sostén de toda la obra, se mantiene incólume, convirtiéndose en la base creativa de todo el proceso creador, para desembocar en el color del paisaje y en el detalle anecdótico. Tanto el dibujo a plumilla como en la acuarela se conjugan la influencia, macerada con la experiencia y la capacidad de observación de las obras de aquellos dibujantes, acuarelistas y grabadores viajeros de los siglos XVIII y XIX en América. Sus extraordinarias obras, reflejan la maravilla de la luz y el color de estas tierras de gracia. Quizás algún polen de aquellas aventuras artísticas, se instalo por estos predios del siglo XXI y están rondando estos dibujos.

Antón Göering, afamado alemán que cruzo Venezuela en el siglo XIX, nos dejó extraordinarias obras, reunidas bajo el título: “Venezuela, el más bello país del Trópico”. Con esa luz que iluminó a Göering y esa maravilla encendida en sus ojos, presentamos estas piezas de arte, nacidas del más profundo amor a esta tierra, la misma que hace 138 años, recibió a mis ancestros alemanes.

- FRITZ KUPER
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Fritz Küper
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