Juguetes de siempre, artesanos de hoy
[02 de agosto - 30 de agosto 2009]

No hay imperio que valga el que por él se rompa la muñeca de una niña.
No hay ideal que merezca el sacrificio de un tren de juguete.


Fernando Posada
Libro de la desesperanza

El juego es una de las grandes pasiones del ser humano: representación y sueño, ensimismamiento y socialización, fantasía de ser el mismo y otro, agitación autónoma de un mundo cerrado en sí mismo, suficiente para darle pleno sentido a la vida. En el juego las horas pasa sin que percibamos su duración, de allí que la concentración también sea otro de sus atributos. ¿Quién no recuerda los regaños de los padres ante la tardanza en llegar a la casa porque se nos había ido el tiempo jugando? Y el instrumento ideal del juego, aunque no sea imprescindible para jugar, es el juguete. Los juguetes forman parte de lo mejor de nuestra vida, de las horas placenteras en donde aprendimos a competir y a compartir, a dirimir conflictos, a contentarnos con el triunfo pero también a aceptar noblemente la derrota. Podriamos decir, entonces, que el juego y el juguete son el gran laboratorio de la vida, una verdadera escuela de lo que significa vivir en sociedad. Los juguetes, además, poseen el encanto de lo que es, a un mismo tiempo, concreto y trascendente; una muñeca es un objeto que tiene tamaño, forma y color, pero los contenidos que cada niña pone en ella difieren desde el punto de vista del sentido. Puede ser representación de la madre o de la vida adulta o de la posición de la niña frente al mundo de los grandes o incluso, una encarnación de la imagen de la familia, Lo mismo podríamos decir de un carro, de un camión, de un tren, de yoyos y perinolas, de los móviles en el espacio.

Hay quienes piensan que en la vida contemporánea se juega menos, aunque es innegable que cada vez hay más juguetes. Pero también encontramos que los adultos se involucran mucho en los juegos, Éstas, tal vez, son posturas que nos colocan frente al desarrollo de la vida moderna. No obstante, lo que sigue siendo innegable es que la civilización no podría existir, como postuló Johan Huizinga en su famoso libro Homo ludens, sin el juego y los juguetes. Somos seres humanos porque jugamos, porque tenemos un sentido lúdico que nos permite recrear la existencia, aspirar a la libertad que da el juego, así como a la autonomía que nos brinda. Imaginación, sentido del pasado y del presente, capacidad de compartir con los otros, desarrollo de aptitudes (afectivas, psicomotoras), esos son los limites donde nos colocan tanto el juego como los juguetes. Límites que están ahí justamente para ser traspasados.

Porque el juego es, por paradójico que parezca, una acción perfectamente inútil y de la mayor trascendencia. Ante la seriedad e importancia que cualquier niño le otorga al juego, muchas veces encuentra la incomprensión de los otros, de los adultos, que no entienden estos códigos y, por tanto, le restan densidad a lo que el niño sabe de la mayor gravedad. Es lo que hace decir en un momento al Principito, el personaje de la obra homónima de Saint Exupéry: “¡Y ninguna persona mayor comprenderá jamás que esto tiene tanta importancia!” Así son los juguetes: inestimables, aliados, fieles. Otra característica o, más bien, condición que permiten los juguetes es el manejo del ocio, del ocio creador, aquél que posibilita dedicarse por completo a algo que no tiene “rendimientos”, que no es cuantificable desde ningún punto de vista. Es a lo que más se teme en al sociedad contemporánea. Hoy en día resulta común escuchar a los padres preocupados porque se ven en la obligación de llenar con actividades “productivas” el tiempo libre de sus hijos, sin darse cuenta de que el ocio también es fundamental para su crecimiento, para conseguir la autonomía que necesitan, para poder imaginar libremente. Allí no hay mejor compañía que los juguetes y la soledad gozosa donde el niño compone el mundo a su antojo, con reglas que le son propias; representación y a la vez invención en donde el niño se erige, tal vez por vez primera, en arquitecto de su vida.

Esta exposición quiere rendir un homenaje al juguete y a los paraísos de la infancia, pero también a aquellos hacedores que, con su trabajo e imaginación, logran darle vida a los juguetes de siempre, a los que no conocen de modas ni tiempos porque están más allá de ellos. Si es verdad que cada juguete obedece a una situación y una cultura, algunos pareciera que representan ciertos arquetipos porque logran arraigar en el alma de niños de tiempos y condiciones culturales muy distintas. Cuatro artesanos, cabria decir en este caso con toda propiedad maestros, nos acercan a sus propuestas en el ámbito de los juguetes, Ellos tienen la virtud de otorgar alma y vida a cada uno de sus objetos e imprimirles su sello personal. Una vez que nos familiaricemos con sus piezas nos damos cuenta de que, aun siendo en muchos casos semejantes, podemos diferenciarlas con toda naturalidad y decir, como se lo hemos escuchado a personas en un mercado o en una tienda de artesanía: “Este es un Carrito de Mario Colombo”; “Este es un soldadito o un trompo de Jean Pierre Le Corvec”, “Este es un cocodrilo de Humberto Rivas” o “Este es un saxofonista de Víctor Caraballo”. Todos dejan sus señas de identidad por el ingenio y la pasión volcados en cada uno de esos pequeños o grandes juguetes. Son objetos tan bien diseñados, tan extraordinariamente acabados, que nos asombra no haberlos visto antes, si por primera vez tenemos contacto con ellos. Se han vuelto, en cierta forma, artesanos de culto, conocidos por un circuito de apasionados seguidores que les llevan su hoja de ruta, que en el caso de verdaderos artistas como éstos, está representada en las diferencias etapas que han vivido sus objetos, vale decir, la trayectoria seguida por sus juguetes a lo largo del tiempo.

Aquí vamos a penetrar en un mundo hecho para el sueño y dispuesto para el juego. Imágenes de movimiento o que lo evocan, imágenes de vuelo, personajes circenses, variaciones tradicionales y modernas de trompos y perinolas, carritos de carrera que quedaron atrapados como una foto antigua salida de una película o de un apartado y nostálgico lugar de nuestra infancia, Este es, en verdad, el lugar del mito y de la utopía. El lugar en donde todos hemos estado y en el cual queremos seguir. Toquemos pues la puerta y abrámosla con la clara intención, como diría el maestro Julio Cortázar, de salir a jugar.

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